El antibiótico que no vemos, la enfermedad que sí llega

Lo que le hacemos a un animal antes de comerlo, tarde o temprano, nos lo hacemos a nosotros mismos. Suena fuerte, pero es exactamente lo que está pasando con la carne que comemos todos los días.

Hoy criamos animales para que crezcan lo más rápido posible, amontonados, sin espacio para moverse ni tiempo para ser lo que son. Y así como a una persona sometida a estrés constante se le empieza a enfermar el cuerpo, a estos animales les pasa lo mismo: viven agotados, con las defensas bajas y propensos a contagiarse entre ellos. La respuesta de la industria no fue darles mejores condiciones. Fue darles antibióticos todo el tiempo, estén enfermos o no, solo para que el sistema siga funcionando.

Del animal a nosotros

El problema es que esos antibióticos no se quedan en el animal. Las bacterias aprenden a resistirlos, y esas bacterias resistentes pueden llegar a nosotros a través de la carne, del agua o del contacto con los animales. Esa resistencia no distingue entre humanos y animales: nos afecta a todos por igual. La Organización Mundial de la Salud le puso nombre: resistencia a los antimicrobianos (RAM), y la considera una de las mayores amenazas para la salud pública mundial.

Según la OMS, en algunos países alrededor del 80 % de los antibióticos importantes para la medicina humana se usa en animales, en gran parte en animales sanos para que crezcan más rápido. Y las consecuencias ya se notan: en 2023, una de cada seis infecciones bacterianas confirmadas en laboratorio en el mundo era resistente a los tratamientos habituales. Algunas estimaciones advierten que, si seguimos así, para 2050 la RAM podría causar millones de muertes al año. No por enfermedades nuevas, sino porque una infección común o una cirugía simple vuelvan a ser peligrosas, como hace un siglo.

¿Qué podemos hacer?

Esto no se resuelve solo eligiendo mejor en el supermercado, pero ahí empieza algo. Necesitamos poder saber, con trazabilidad real, cómo fue alimentado un animal, en qué condiciones vivió y cómo fue faenado. Exigir eso como consumidores, y estar dispuestos a pagar más por una carne criada de forma más compasiva, no porque de golpe todos amemos a los animales, sino porque queremos enfermarnos menos. Y eso también exige políticas públicas que incentiven a las empresas que sí lo hacen bien, no solo buena voluntad individual.

Cuidar cómo tratamos a un animal termina siendo, literalmente, cuidarnos a nosotros mismos.

Fuentes

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